LA IGUALDAD DE GÉNERO
Desde pequeña mi vida estuvo sexualizada, y no
por mis padres que es algo que agradezco. Desde que estaba en la barriga de mi
madre ya se me asoció un color por ser mujer, el rosa bebé, color que odio, mi
madre decidió comprarme la ropa de todos los colores que no eran ni rosa ni
azul y los que la gente le regalaba los combinaba para que no fuese rosa
entera. Fui creciendo y me decían que no podía jugar a la pelota porque era de
chicos y si lo hacía era una "¡marimacho!", pero mis padres me
regalaron un balón y la equipación del Betis. Cuando fui más mayor mis amigas
de clase y yo quisimos participar como costaleras en el paso del colegio y a
pesar de tener que hablar con la directora y que decidieran que sí, fuimos
criticadas con el mismo calificativo, "¡marimacho!", al año siguiente
se apuntaron muchas más. Con todos estos ejemplos quiero manifestar que sigue
haciendo falta cambiar cosas tan simple como lo que me ha ocurrido a mí.
Nos quieren vender la imagen de que ya no hay desigualdad
cuando sí la hay. La mujer de hoy busca constantemente una justificación para
hacer lo que hace y siempre es juzgada cuando intenta igualarse o
superarse.
Es cierto que no estamos como al principio, y que
cada día hay más valientes que luchan para conseguir esos derechos que por ser
mujer no hemos disfrutado. Hay mujeres independientes que no necesitan estar
bajo la sobra masculina para realizarse, que su primer sueño no es casarse y
tener hijos, sino llegar a ser algo por lo que sentirse orgullosa. La mujer de
ahora lucha por traspasar las barreras del machismo, que aún queda mucho, pero
poco a poco se conseguirá.

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